La más bella e inspiradora historia provida que leerás hoy

He ido a manifestaciones; he rezado en clínicas. He escrito artículos y cartas al director. Y tengo 10 hijos. Y aun así, mi mayor testimonio a la causa provida fue cuando no intentaba hacer otra cosa que encontrar una forma de no sentirme sola.

Allá por 1993, me convertí en madre y sentí los muros del mundo asfixiándome. Así que salí al exterior, salí en busca de conexiones y conversaciones adultas o cualquier cosa que me ayudara a distinguir un día del siguiente mientras me esforzaba en recuperarme del embarazo y me adaptaba a ser mamá a tiempo completo.

Un día, me encontré con la recepcionista de nuestro apartamento y parecía que había estado llorando. Le pregunté que qué pasaba y me respondió: “Tú”.

No entendí nada, pero me invitó a sentarme a hablar con ella. Resultaba que acababa de romper con su novio y después descubrió que estaba embarazada. Dos amigas ya se habían ofrecido para acompañarla a abortar, pero ella decía que como me veía con mi hijo todos los días y lo veía sonreír y patalear en mis brazos, no podía hacerlo. Sencillamente no podía.

Su reacción conmigo me recordó a mi propia reacción con otra persona: me convertí en madre ama de casa porque había visto sonreír a un bebé en la guardería. No podía no estar con mi hijo, sencillamente no podía. La risa de aquel bebé desconocido me llevó a quedarme en casa y sentirme desesperadamente sola… y eso me llevó a compartir las risas de mi hijo con esta recepcionista embarazada. La abracé y lloramos juntas sus preocupaciones.

Hablamos de sus posibilidades. Nunca antes había aconsejado a nadie, pero elaboramos un plan: llamaría a un médico para hacerse una revisión, llamaría a sus amigos y amigas para sentirse apoyada y llamaría a su novio para darle la noticia. No sabía qué es lo que iba a suceder, pero le dije que estaríamos para ella pasara lo que pasara. Le dio un beso a mi hijo y se secó los ojos.

Me marché pensando que la soledad de ser una madre primeriza en casa no era nada comparado a su situación. Llovió a cántaros la semana siguiente, así que no salí para mi paseo diario. Las pocas veces que pasé por la recepción, ella no estaba allí. Y me preocupé.

Sin embargo, la próxima vez que la vi, abrió la puerta de inmediato y me dio un abrazo. Todos la apoyaban. Su novio y sus padres. Ahora, en vez de soledad, había una familia totalmente comprometida y llena de vida, anticipando con entusiasmo el nacimiento del bebé. Se casaron y, antes de que yo me mudara, ya tenían un hijo y una hija. Las sonrisas de mi hijo permitieron que el mundo conociera otras dos sonrisas de dos niños y otro buen montón de sonrisas de la madre, el padre y los abuelos.

No conquisté un corazón en una crisis de embarazo con una manifestación ni protestando o haciendo presión. Lo hice con mi presencia. Así que, aunque nos manifestemos por todos aquellos a los que no les dieron la oportunidad de vivir y por los que resultaron heridos por el aborto (padres, madres, hermanos y todos los demás), y aunque confiamos en que la empresa abortista Planned Parenthood pierda su financiación, deberíamos reconocer la otra parte de ser provida. Tenemos que ser más provida y pro-vivir que protestar.

Así que sonreíd y paseaos por el mundo y sabed que Dios os llevará allí donde seáis más efectivos.

Noticias relacionadas

Tu cuerpo no es tuyo

El psiquiatra judío Viktor Frankl, sobreviviente de un campo de concentración nazi, escribió en El hombre en busca de sentido: “Nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos […] lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda”.

Seguir leyendo →